sábado, 31 de marzo de 2012

En Grecia, en el camino de Filípides, corrí mi primer Maratón


Marathon Photos

Hace frío. Mucho frío. Son las cinco de la mañana y la alarma suena intensa. Ahora que lo pienso me parece increíble que haya podido dormir. Estoy en Atenas, Grecia, a cuatro horas de correr el maratón clásico que va desde la ciudad de Marathonas hasta la capital griega.

Tengo horario cambiado, pero ya mi cuerpo decidió, este día, el domingo 13 de noviembre, que se ha acostumbrado tras estar una semana en la tierra de Aristóteles. Voy a correr esa mítica ruta. Por primera vez intentaré superar los 33 kilómetros a los que he llegado. Agarro mi camiseta que los alfileres han agujereado imperceptiblemente con el número 10487, y comienzo el ritual del corredor: la vaselina en las entrepiernas, en las piernas, en los pies. Las curitas en las tetillas para que no sangren por el roce de la camisa. Las medias pequeñas, los zapatos sucios y gastados por tantos kilómetros recorridos. Reviso el chip, los cordones, me digo que no pueden desamarrarse en el camino.

Reviso todo nuevamente. Mi compañero de aventura, el médico guayaquileño Adrián Salmon, está ansioso también. Agarramos nuestros bolsos, que luego viajarán de Marathonas a Atenas con la ropa que por ahora nos cubre del frío, y buscamos el metro con destino a Syntagma, la plaza que ha sido y será el epicentro nervioso de cualquier presidente griego. Allí es donde vibran las masas. Allí es donde el presente releva al pasado milenario griego, lleno de luchas internas, de fantásticos pensadores, pero también de fantásticos héroes que ejecutaban con la espada lo que a veces se negaba en la teoría de la filosofía.

Cientos, miles de corredores hacen fila para ingresar a los buses que salen uno tras otro hacia Marathonas, desde donde comenzará la carrera. Las filas son inmensas y ocupan toda la acera que da al Parlamento. Un drogadicto cree que la oscuridad del otoño lo oculta en la entrada del metro en el momento en que decide clavarse en el antebrazo su paraíso. La aguja duele, como si penetrara mi carne, lentamente, para dejar rauda la marejada sanguínea que luego de poco se convertirá en infierno.

Los corredores, al pie del Parlamento, abordando
los buses hacia Marathonas. Foto: Fernando Astudillo

Grecia es hermosa, fantásica, pero está en crisis. Se nota en la desesperación y quejas del comercio, en los precios exagerados para los escasos turistas, en las marchas que aparecen por las calles atenienses luego de haber sido arengadas desde una plaza. Se evidencia en la decadencia de los barrios de inmigrantes, donde un extranjero entiende enseguida lo que pasa con los hombres parados en las esquinas, que comercian con figuras cadavéricas que luego, a dos cuadras de los policías, se inyectan en los portales.

Despierto. Regreso, salgo de ese túnel y me focalizo en mi objetivo. Todo es nuevo. Todo ese frenesí, esas sonrisas, esa hermandad que se desprende en los corredores, cualquiera que sea el idioma. Había escuchado del espíritu de un maratón. Aquí lo percibo en muchos de esos desconocidos que entienden que detrás de correr hay una filosofía profunda de vida. Son desconocidos que buscan lo mismo que yo: llegar, sin importar el lugar, al estadio Panathinaiko, el legendario monumento de mármol donde se reiniciaron los juegos Olímpicos Modernos en 1896, bajo el mismo espíritu en donde, 2.700 años atrás, unos hombres luchaban desnudos por una rama de olivo, el honor y la gloria.

Un largo camino a la verdad
El bus arranca en su ruta de 40 kilómetros. Parece corto, pero se hace tan largo que comienzo a pensar que esta misma distancia, más 2,2 kilómetros, tendré que recorrerla en condiciones distintas y bastante desconocidas. Un tablero marca 7 grados centígrados. Llevo guantes. La garúa comienza a ser más intensa.

Marathonas (o simplemente Maratón) es un nombre mítico. Bajo del bus y el viento pega con tanta fuerza que intimida. Decenas de jóvenes reparten fundas de plástico, como las de basura, con orificios en los costados y en la parte superior, que se convierten en una nueva camisa para aplacar el frío y la lluvia.

El frío obliga a guarecerse antes de vestir el atuendo de corredor definitivo. Los corredores se agolpan en las esquinas, en los pasillos del estadio desde donde se dará la largada. Sentados, con las rodillas contra el pecho, apretujados, buscan algo de calor en medio de toda esa adrenalina por lo que vendrá. Los más experimentados evidencian su calma. Pero comienzo a percibir a esos cientos como yo. A esos novatos que no saben bien qué hacer, que desconocen dónde ir, pero que quieren disfrutar cada detalle, cada sonido de esta experiencia maravillosa.

Es la hora de Zorba
Falta una hora para la largada y empieza la alegría griega. La emoción que implica correr un maratón. Los parlantes revientan con la música de Zorba el griego. La leyenda de Mikis Theodorakis inmortalizada por ese baile de Anthony Quinn conmueve. Se la escucha en su versión clásica o en una más moderna, más tecno. Parejas de corredores, otros solitarios, se meten a la pista atlética a bailar con los brazos en jarros. Sienten la música que los calienta para lo que vendrá.



Zorba o Theodorakis, se silencian. Y ahora la voz oficial de los organizadores habla en griego, italiano, francés, y en inglés advierte que hay que cuidarse del viento. Que ya se va el camión que llevará los bolsos a Atenas. Que si no los dejamos tendremos que cargarlos encima por 42 kilómetros. Hay sonrisas, otros corren desesperados ante el último llamado para la entrega.

Se acerca la hora de la verdad. Empieza el calentamiento ya con la ropa definitiva. El frío literalmente traspasa la funda de plástico y dos camisas. Un griego, tranquilo, cuenta que este es su séptimo maratón. "¿Es difícil el tramo de subida?", pienso preguntarle. Pero prefiero el silencio. Cada vez hago más introspección.

El pelotón del que salgo es el penúltimo. Somos los que hemos advertido que haremos más de cinco horas para llegar. Lo sabemos. Solo queremos entrar a ese estadio. Empieza la cuenta regresiva y a mi lado veo cosas increíbles: un hombre va vestido con el traje de guerrero griego y zapatillas estilo siglo V AC. Otro, de unos 60 años, está descalzo. "Nice shoes", le digo. "¿Por qué no? -contesta este holandés-, así me he entrenado".



Es la hora de la verdad
La voz que anima desde los parlantes advierte otra vez: cuidado con el viento. Su soplido parece arrancar la bandera de Grecia que se se observa si se alza la mirada.

Ya no hay espacio para la duda. He hablado intensamente conmigo mismo y sé que llegó el momento que había buscado desde inicios del 2011 cuando decidí correr un maratón.

Ahora es cuando debo correr con los fantasmas que me habitan. Ahora es cuando debo vencer al hombre del espejo que a veces dice no puedo. Que a veces repite "estoy cansado". Que otras asegura que algo le duele. Es la hora de derrotar el recuerdo del adolescente que huía de las clases de educación física. No corro contra nadie. Corro contra mí mismo. Contra mis demonios.

Miles corremos ya. Hay hombres atléticos, gordos, ancianos. Hay mujeres atléticas, gordas, ancianas. Lentamente, al ganar calor en sus cuerpos, van despojándose de sus prendas. El camino que sale del estadio de Marathonas es un reguero de abrigos, de guantes, de fundas plásticas, de miles de botellas de agua. Hace tanto frío que provoca orinar. Acá no hay espacio para los modales. La urgencia permite que los árboles de los costados sean los baños del momento.

Kilómetro uno. Quiero oír todo lo que se dice, captar cada detalle. Retumban los "¡bravo, bravo!", a lo largo del camino. Intento reflexionar por dónde corro, sobre todo cuando intriga el por qué tantos griegos comienzan a aparecer a lo largo del camino dando vivas a los corredores. Respetan su historia. Respetan a sus héroes. Respetan a Filípides, aquel mensajero que, según la leyenda, corrió la distancia entre Maratón y Atenas para informar que la batalla contra los persas, en el 490 AC, había sido victoriosa para Grecia.

Los griegos, pienso de nuevo, respetan orgullosos su pasado. Niños, niñas, mujeres, salen al paso de los corredores a entregarles ramas de olivo. Es sobrecogedor. Escucho en griego tantas cosas que no comprendo. Pero luego escucho el inglés, que increíblemente lo siento tan mío al entender que el español será un desierto en esta ruta milenaria.

Kilómetro cinco. El ritmo es bueno. Los corredores giran en una gran U organizada y veo a un tramposo que se cruza de un lado a otro sin completar el camino. No ha entendido el espíritu de esta carrera. Pronto será descalificado y me pongo a pensar cómo se puede venir de tan lejos para hacer trampa, para mentirse a uno mismo.

Kilómetro diez. Sigo en excelente ritmo. Las gotas de sudor caen lentamente desdela visera de mi gorra y las imagino como si resbalaran de un techo de zinc en Guayaquil, luego de una lluvia brutal de febrero. La lluvia de acá va, viene, y el viento helado golpea en la espalda como solo lo he sentido golpear en Chicago, la "ciudad de los vientos". Es ese viento que puede arrancar paraguas. Es aquel que te dice que hay que moverse porque si no estarás perdido.

Miro a la izquierda y aparece por momentos el mar Egeo. Empiezan los flashbacks de todo el cine que viaja en la memoria e imagino la flotilla persa con miles de barcos esperando la orden de atacar.

Siguen los gritos. Las camisetas de los corredores que pasan indican los motivos por los que están allí. Unos corren en memoria de los bomberos caídos en Nueva York el 9-11. Dos mujeres batallan en el asfalto por el dolor de unos niños cuyas fotos llevan en la espalda. Otras pelean contra la fibrosis quística y recogen dinero para su guerra. Dos hombres corren empujando en una silla de ruedas a una persona. Es una muestra poderosa de amor. Otros van relajados; otras se sumergen, vía iPod, en su mundo musical.

Me pasan muchos. Logro pasar a algunos. Siempre queda algo de ese capricho tonto de querer rebasar a quien pienso que no debe rebasarme. Veo a personas de más de 60 años con un nivel increíble. Y repito que tengo que lograrlo.

Llego a la media maratón y una galleta salvadora me da fuerzas para seguir. He ingerido dos gels repletos de carbohidratos y electrolitos. Desde el kilómetro 10 hasta el 31 el camino es de subida. Sé que aquí se vendrá la parte más dura. Si logro vencerla, el estadio estará cerca.

Suena Vangelis. En un pueblo, varias personas han sacado un mezclador, un equipo de sonido y los parlantes retumban con la melodía de la película Charriots of fire. Vangelis transporta. Vangelis emociona. Es un día oscuro, frío y gris, pero su música transmite colores, manda más oxígeno al corazón, activa los músculos de una mejor manera.

El resto, a partir del kilómetro 30 es puro dolor. Hace poco leí que correr un maratón es como morir y renacer el mismo día. Es cierto. He superado la parte más difícil de la carrera, pero el dolor muscular es intenso. Hay que bajar el ritmo a un punto totalmente conservador. Si paro, me destruyo. Si me detengo, echo al traste la opción de llegar al estadio Panathinaiko.

La música comienza a ayudar. Mi iPhone, aparte de mis mantras internos, son mis aliados. Suena Jump de Van Halen, empieza a zonar toda la banda sonora de mi vida. Y es un bálsamo, una ayuda necesaria en este momento tan estratégico entre el casi y el lo logré.

Los kilómetros parecen millas. Van 32, 33, 35, 37. En algún momento miro a la derecha y comprendo que lo que veo es Atenas. Atisbo unas ruinas, luego reconozco una gran avenida. Estoy en la capital de Grecia. Todo está tan cerca y tan lejos. He visto tanto en tan poco tiempo, aunque sé que algunas cosas iré recordándolas en cualquier momento en que un estímulo las saque de donde ahora están guardadas.

He visto pujanza. He visto coraje, amor, alegría, dolor, en tantos corredores. He visto ambulancias que se llevan a otros. He visto a los que se niegan a dejar la carrera. Y veo a alguien que se acerca a ayudarme. Sabe que tengo frío, porque me muevo ya lento. Falta poco y ¿un ateniense? que ya llegó a la meta mucho antes que yo, se acerca a darme su manta térmica. Me envuelve con ella.

Cruzo el último lugar de chequeo del chip que va en mi zapato derecho. Es un arco y parece que ya solo hay una recta para entrar a ese estadio. Veo el kilómetro 40. Maldigo el capricho de la reina de Inglaterra que cambió la distancia original de 40 kilómetros a 42,2 para que la carrera partiese desde el castillo de Windsor en las Olimpiadas de Londres en 1908. Los conos señalan el camino. Estoy en el kilómetro 41. ¿Dónde está el estadio?, pregunto. Quiero verlo. He imaginado mucho ese momento.

Suelto la manta térmica. Arrojo la funda que está encima de mi camiseta. Sé que ya falta nada. Ahora comprendo lo que se dice sobre estas instancias. Los últimos momentos se los corre con el alma, no con las piernas. Así sea lento, lo haré desde un interior muy intenso. Hay una arboleda final. Edificios modernos están a los costados y al final de esa arboleda que parece un túnel sin salida, está el estadio Panathinaiko.

Se levanta allí, imponente, con un camino de vallas metálicas que señala su entrada. Que muestra el camino hacia su legendaria forma en U, adonde cuatro horas antes ha llegado un marroquí con una velocidad increíble de 3 minutos el kilómetro.

Los últimos 200 metros son una experiencia inolvidable. Vale la pena batallar por ese pequeñísimo tramo de vida que te cambia la vida.

Luego de cruzar la meta en el estadio Panathinaiko.
Foto tomada por un desconocido al que le di mi móvil.

Nota del blogger: Este post lo debí haber subido hace cuatro meses, pero esperé a que se publicara esta crónica en la revista Diners de Ecuador, la que ha salido en este mes de marzo.

jueves, 3 de noviembre de 2011

La estrategia Mourinho al correr un maratón


Tomado de espaciodeportes.com

¿Conocen a José Mourinho? Seguro que la mayoría sí. El entrenador portugués del Real Madrid es un hombre polémico. Le fascina el show, ser el centro de atención. Le deleita ser bombardeado. Hay quienes lo odian en el fútbol. Hay quienes lo aman. Lo único claro es que las estadísticas no mienten: es un ganador.


Mourinho es un hombre analítico. De esos que tratan de cincelar el resultado que les conviene. Cuando el rival es de terror, entra cauto al campo de juego, defiende con orden, mima la actitud de equipo y cuando es el momento da el zarpazo. Luego da otro, y otro. Y se repliega. Como una fiera. Algunos lo llaman el estratega del antifútbol; los que lo defienden alaban sus métodos. Yo creo que el fútbol necesita estrategia, y Mourinho, por sobre todas las cosas es eso: un estratega. Un general que conoce el mapa y por supuesto conoce el territorio.

Al correr he estado pensando en Mourinho y sus estrategias. Porque a veces creo -en ese largo tiempo en que uno corre a menudo es un espacio para pensar tonterías- que correr un maratón, para un novato como yo, puede ser un ejercicio para hacer un símil con el fútbol. Y estoy convencido de que debo ir a correrla como si Mourinho planteara una más de sus estrategias conservadoras.

Arrancar los diez primeros kilómetros con calma, con un pace prudente y sentir que cuando termino esos 10 kilómetros es como si recién fuera empezar a correr, ahora solo 32. Es una larga de domingo. Vamos cero a cero.

Ya llegará el momento del zarpazo. El momento del centro de Ramos y el cabezazo de Higuaín. El momento en que Cristiano, como una flecha, aparecerá también como un fantasma para hacer lo que tiene que hacer.

lunes, 24 de octubre de 2011

Mi playlist para correr un desafío llamado maratón


Sé que llegado el momento no sentiré las piernas y mi cuerpo, casi automáticamente, como un avión sin piloto, correrá de forma automática.

Sé que llegado el momento necesitaré estímulos. Gritaré internamente por una fuerza extra, más allá de un gel, más allá de un sorbo de Gatorade. Una fuerza que me arrastre hacia adelante. Que me agarre casi en peso y me diga que todo lo que espero sigue al frente, que ya falta poco.

En esa búsqueda de estímulos, desde hace tiempo he pensado cuál será la lista de canciones que me acompañará en el maratón. He corrido buena parte de mi entrenamiento sin música y correré buena parte del maratón sin ella. Realmente quiero oír lo que pasa a mi alrededor. Quiero escuchar el grito destemplado del de al lado, el murmullo del que hace una oración, el sonido de las palmas de los que apoyan a los corredores desconocidos. Y también necesito concentrarme en mi ruido interno, en mis mantras, en mis plegarias personales. En las angustias que se sacuden dentro de un cuerpo al superar la frontera desconocida luego de los 33 kilómetros para llegar a los 42.

Pero llegará un momento en que esa búsqueda me llevará a un solo destino: la música. Y allí, en ese playlist tan personal, aparecerán esas melodías de infancia y adolescencia. Regresaré a los maravillosos años ochenta, a los pasillos del cine Inca y del Lido, en el sur de Guayaquil. Retornaré al bar con los hot-dogs girando en una minúscula rueda moscovita. Volveré a la cortina oscura, inmensa y pesada, que te separaba de la realidad a la fantasía.




Allí, en ese playlist tan mío, estará como número uno una canción cliché pero espectacular. A veces pienso que Bill Conti compuso Gonna Fly Now (Ahora voy a volar) -ese tema clásico de la película Rocky- para los corredores. Una canción con tan solo 30 palabras, dividida en tres estructuras: Trying hard/Getting strong/Gonna fly, transmite una vitalidad fantástica. Algo indescriptible para los que la sentimos vigorosa, intensa, estimulante en todos los sentidos.

En ese salvavidas que será la música tienen que desfilar bandas sonoras. The Moment of Truth, de The Karate Kid, estará allí para recordarme cómo, a los 10 años, hacíamos la grulla en la esquina del barrio soñando en ganar una pelea ficticia para tener una novia de ensueño como Elizabeth Shue.

Allí se juntarán Bon Jovi, A-ha, Queen, Van Halen, Genesis, The Pretenders, Def Leppard, Soda Stereo, Joaquín Sabina. Aparecerán otros amigos de otras décadas: Paul McCartney, Louis Armstrong, Keane, The Devlins, Crowded House. Entrarán a gritarme que tengo que seguir. Que la meta está allí. Que ya casi toco la cinta imaginaria, porque la real la rompió tres horas antes algún ser de piernas largas que corre a 3 minutos el kilómetro.

sábado, 8 de octubre de 2011

Los incrédulos y los miedos al correr

Tomado de absolutbadajoz.com

No he dejado de correr. No, no crean que me rendí. El reto sigue intacto, pese a que no me haya dado el tiempo para postear.

El tiempo pasa, el desafío se aproxima y tal como dijo Steve Jobs, tan recordado estos días luego de su muerte, solo se pueden unir los puntos de las historias personales cuando se mira hacia atrás.

Y miro atrás y recuerdo cuando por primera vez quise correr y solo pude hacerlo por tres minutos. Sentía que moría, que el corazón estallaba, que el oxígeno huía. Fueron solo tres minutos. Hace catorce días corrí 4 horas y 12 minutos una distancia de 30 kilómetros y ahora me enfrentaré a 32.

Miro atrás nuevamente. Y recuerdo cuando la carrera larga, la extenuante, era de 5 kilómetros. Y encuentro que ahora, semanalmente, la carrera benigna, la suave, es de 8 y tengo otra de 12 y una más que supera, in crescendo, la media maratón desde hace tres meses, casi todas las semanas. Uno los puntos, ato el presente al pasado y veo un cambio mental muy fuerte, intenso.

Pero tengo miedo. No puedo dejar de admitirlo. Y he aprendido de él. Como el día en que conocí de cerca lo que en el mundo de los runners se llama "la pared", en que casi me desvanezco luego de correr 28 kilómetros en una carrera mal preparada, con pocas horas de dormir y sin haber comido los suficientes carbohidratos la noche anterior, ni haber ingerido los gels necesarios durante la carrera. Aprendí que, en este asunto, la confianza no puede ir de la mano del desorden.

Tengo miedo, pero lo enfrento día a día. A veces con risas cuando algún incrédulo bromea y dice que no cree que corra o que pueda terminar un maratón de 42,2 kilómetros.

El maratón es una metáfora de vida. Es el esquema de los dos caminos abiertos frente a uno como opción vital: uno es fácil, el otro terrible. Cuando corro y siento que mi ritmo decae, que llegan, como ladrones, las dudas, me pongo a bucear por los mantras internos. Busco, rebusco, vacío recuerdos, personajes, memorias, y a veces me quedo con una sencilla pregunta, tan simple como contundente: ¿Quién te dijo que correr un maratón es fácil?

martes, 26 de julio de 2011

Jefferson Pérez, un oro olímpico contado en Twitter


Tomado de sporting-heroes.net

Son 15 años del único oro olímpico de Ecuador. Jefferson Pérez nos enseñó a creer más en este país. Un guerrero, con una coraza mental poderosa, mucho más fuerte que su estructura ósea, que lo hizo múltiple campeón de marcha a nivel mundial.

Ahora, 15 años después, Jefferson Pérez Quezada, el cuencano que vendió periódicos cuando era niño, nos recuerda el paso a paso de cómo logró la medalla de oro en los 20 km marcha de Atlanta 96. Lo hizo en Twitter, en partes, manteniendo la emoción de su historia. Reúno el relato en uno solo, ayudándolo con las palabras completas y atreviéndome a puntuar y ubicar tildes mejor al campeón, que lo ha hecho con la rapidez de un smartphone, con certeza. Lo hago para recoger ese ejemplo de vida, de lucha, que nos puede ayudar a cualquiera que quiera ser un pequeño campeón en las pistas que se proponga.

El relato. Habla Jeff

- Hace 15 años. Luego de entrenar fuimos a buscar uniforme porque no tenían en la delegación ecuatoriana.
- Hace 15. Me acababan de informar que mi hermano, quien se había pagado sus gastos totalmente, no tiene habitación donde dormir.
- Pasaba por una pizzería comiendo algo. Luego que habíamos conseguido al fin el uniforme a mi talla para competir el día siguiente.
- Y mi hermano llegaba a la villa olímpica. Como no tenía credencial, salimos a la esquina a tomar un café. Entonces le di la noticia.
- "No tienes dónde dormir, hice la reserva de habitación, pero te cancelaron". Y empecé a preguntarme dónde va a dormir mi hermano. ¿En la calle?
- Y el respondió: "Nuestra madre nos hizo guerreros. No te preocupes por mí. Tú enfócate en lo que viniste a hacer. Yo estaré en la línea de salida".
- Y mientras caminábamos por el sector ingresamos a un local y mi hermano emocionado quería comprar un llaverito con copia de la medalla.
- Y me pregunta: "¿Qué te parece?" Entonces respondo: "No compres, que mañana nos llevamos una de verdad". Su rostro enmudeció y dejó el llaverito.

La noche previa y una llamada a mamá
- Luego de la cena llegó a la habitación y preparó mis ropas para la competencia. Las dobló, revisó cada costura, cada unión, los zapatos...
- Están reencauchados. Les hablo como si fueran mis cómplices. 'Amigos, vamos, una competencia más. No me fallen, aguanten un poquito más'.
- Ahora vamos a colocar el número. Calculo que esté colocado exactamente en el centro de la camiseta. Los imperdibles los traje desde Ecuador.
- Son los más pequeños que existen, así evitaré que la piel se corte muy pronto con la fricción de la camiseta. Me coloco y la siento...
- ... De maravilla. Observo el último elemento de mi armadura: mi gorra. Me la coloco y está perfecta, siento cada momento como en cámara lenta.
- Ahora toda la armadura está lista. La coloco en la mochila y le comunico al entrenador que voy a caminar un ratito.
- La verdad, no es que quiero caminar, sino buscar un teléfono para llamar a mi madre y pedir la bendición. No sé si mañana pueda hacerlo.
- ¿Aló? Hola mamá, necesito tu bendición. Y responde: 'Que Dios te bendiga: en el nombre del padre, del ...amén. Dios guiará tus pasos'.
- Le agradezco por ser mi heroína y haberme enseñado cómo pelear en la calle. Ahora voy a pelear en la pista. Porque para ganarme tendrán que matarme.
- ¡Al fin tengo la armadura física y espiritual para el combate de mañana!

Regreso a los orígenes
- Regreso a la habitación caminando lentamente, sintiendo la fresca brisa de la noche. Y pienso ¿dónde estará mi hermano? Ingreso al cuarto.
- Y me acuesto. Observo el tumbado de la habitación y empieza el último entrenamiento psicológico: recordar de dónde vengo. De dónde soy.
- El origen de todo. Y recuerdo corriendo por las calles vendiendo periódicos, cargando bultos en el mercado, vendiendo frutas con mi madre.
- Peleando en la escuela, tan divertido. De pronto, las imágenes cambian y ahora los entrenamientos más intensos, más dolorosos llegan a la mente.
- Y la tercera parte: veo en mi mente el recorrido y mezclo los primeros con los segundos recuerdos. Mi corazón se acelera y los músculos, tensos.
- E imagino mañana peleando, dándoles dura pelea. Si llego al puente con todos, entonces avanzará aquel que no tema morir.
- Imaginando el ingreso al estadio con los músculos destrozados y el corazón explotando, termina mi visualización de la competencia, último entrenamiento.
- Abro los ojos y la habitación oscura me hace volver a la realidad de la noche. Me pongo de rodillas y oro: Mi Dios, por ti y para ti.
- Ahora, a la cama a descansar. Mañana será un gran y largo día.

El día de la verdad
- Siendo las 5 AM hora de Atlanta, las 4 AM hora de Ecuador, abro mis ojos: 'Gracias mi Dios por este día que me permites llegar a este lugar.Amén'.
- Recorro las cortinas de la habitación y veo el cielo un tanto nublado, y me digo: 'Un gran dia para ganar una medalla olímpica para mi país'.
- Me dirijo a la regadera y tomo una ducha con agua muuuy fría. Necesito bajar la temperatura del cuerpo porque luego subirá.
- Mientras recorre el agua por la espalda llega el primer recuerdo de la mañana a mi mente: los desgarradores entrenamientos en el frío del Cajas.
- Y sé que si sobreviví a esos entrenamientos extremos, hoy estaré dispuesto a morir. Y templando me dirijo a mi habitación a ponerme mi armadura.
- Mientras me visto pongo música instrumental en una casetera y escucho Vasija de barro y otras canciones del pentagrama nacional.
- Ingresa el entrenador a la habitación y dice: '¿Estás listo?' No dudo en responderle: 'Me hubiera gustado tener un 7 en mi número'. Siempre me gustó.
- Él responde: 'Pero si 1326 es perfecto: 1+3+2+6= 12, eso es 1h20m y terminas jajaja (luego el siete aparecería al terminar la competencia 7 seg).
- Nos dirijimos al comedor, mientras, en la delegación ecuatoriana todos duermen y al comer puedo sentir cada alimento como si fuera el último.



Un retraso inesperado
- Terminando de desayunar nos dirijimos al bus: Oh sorpresa, el bus está lleno y hay algunas delegaciones que no podemos ingresar al mismo.
- Nos toca ir en otro autobús. El viaje normalmente demora 15 minutos al estadio, sin embargo ya pasaron 45 minutos y el señor está extraviado.
- El chofer llegó cinco días antes y es de Nueva York, no conoce Atlanta. Todos expresan sus molestias, yo estoy sentado, observando el paisaje.
- Observo mi reloj discretamente pues es un poco viejito, pero quiero usarlo porque me lo obsequió mi hermano. Es hora de empezar el calentamiento.
- E inicio con mi rutina de estiramiento. En el bus, todos nerviosos, ansiosos y molestos. Llegamos al estadio, nos indican que ya cerraron puertas.
- Ante la explicación de varios países nos autorizan el ingreso. Estamos contra el tiempo. Los demás están terminando su calentamiento.

El inicio de la competencia
- Sin embargo, me doy tiempo para colocar mis cosas en mi sitio y Enrique, el entrenador, me indica que caliente rápido. No tengo prisa.
- Siento que el tiempo pasa lento. De pronto: 'Competidores a pista'. Todos se dirigen a pista, último momento que en la soledad tengo una conversación con mi Dios.
- Termino y me dirijo a pista. Soy el último en ingresar. Nos colocamos en línea de salida, soy de estatura promedio, mis rasgos me delatan latino!
- De pronto... PUUUUUN! El disparo inicia la competencia, me ubico en la mitad del pelotón sin perder de vista a los primeros, salimos del estadio.
- E inicio mis cálculos matemáticos: temperatura, velocidad, peso, etc. etc. etc...
- Me aproximo a la primera vuelta y miro en la vereda a mi hermano de pie, observando. Me da millón alegría, aunque pienso: '¿Dónde dormiría anoche?'
- El cronómetro me indica que el ritmo está dentro de los parámetros calculados, y algunos competidores empiezan a juntarse, hacen equipos.
- ¡Ánimo! Tu compañero de equipo es Dios, vamos tranquilo. Llego al abasto de liquidos, ingiero sin derramar nada, son 150 ml que no puedo desperdiciar.
- Y caminamos el recorrido paso a paso, y los atletas chinos, rusos, españoles, mexicanos, empezaron a hacer equipos y vuelta, vuelta...

El pelotón es de 12
- Llegamos así hasta un poco más de la mitad de la competencia. Ya no puedo calcular, mi cuerpo está cansado, el grupo solo somos 12 competidores.
- Escucho al entrenador: '¡Vamos, ánimo amigo!', y observo y escucho a la barra mexicana gritando "sí se puede". Me pregunto ¿qué significará esa frase?
- Observo que uno de los competidores se escapa del pelotón. Es un ruso y nos saca ventaja considerable, yo debo seguir en el pelotón con calma.
- El grupo de 12 comienza a separarse. Dios, me duele todo, pero si aguanto ya estaré entre los 12 mejores. 'Solo soporta', les clamo a mis músculos.
- Llegamos a los 3/4 del recorrido, estamos 8 competidores y yo soy el octavo. Aquí defiendo mi posición, no voy más!!

La mente sacude a los músculos
- Mi mente empieza a desvariar, y de pronto escucho: ACUÉRDATE DE TU GENTE, DE TUS CALLES, DE TU ORIGEN!! La voz de mi hermano.
- Y mi mente se escapa de la competencia por un instante y recuerdo vendiendo periódicos. Vamos, muévete, tenemos que vender rápido, imágenes del mercado.
- Imágenes de mi origen rodeado y formado en las entrañas del mismo pueblo. Y mi mente estimula mis músculos y despierto al calor de Atlanta.
- Vamos cabrón. Ánimo, tu pueblo es peleador y tienes que representarlos. Vamos, fuerza.
- Alzo la mirada, tengo que quedarme en este pelotón. Ya somos solo cinco: México, rusos y un balín ecuatoriano.
- Pero no están alrededor los favoritos. Se quedaron, ya no están los inmortales. Todo este grupo es tan humano como yo.
- Vamos, ánimo, imagínate que todo el país esté haciendo fuerza, trata de imaginar esa fuerza en ti, ánimo.

Ayuda desde el cielo
- Ya estamos en los 5 primeros, de este puesto no me dejo. Pero mis piernas...
- Dios, siento que mi pecho va a explotar. Parece que tuviera toneladas de peso en mi pecho y una carga gigante encima. Todo está dicho, voy a defender...
- A defender mi posición. De pronto, llegan sonidos imaginarios a mi mente.
- 'Jeff, cuando estés compitiendo acuérdate de mi hijo que desde el cielo te ayudará a pedir fuerzas a Dios'. Las palabra de Fico, mi amigo...
- Días antes, su hijo falleció en un accidente y sobre el féretro me dijo esas palabras. Mi mente otra vez en Atlanta, aún puedo....
- Puedo respirar aún. Vamos, prometiste que 'para ganarme tendrán que matarme'. Vamos, es una promesa, hay que cumplir.
- Si aún estoy vivo, aún existe una oportunidad. Ánimo,¡¡¡ vamos!!!! Dios, ilumina el camino para seguirte.

Fuerza latina
- Y observo dos rusos adelante, un mexicano a mi lado derecho, esto parece imposible.
- ¡¡¡¡LATINO!!!! Ahora vamos contra las rusos, ¡¡¡latino hasta la muerte!!! Extiendo mi mano y digo: 'Miky, vamos por América, por los latinos'.
- Él extiende su mano y me responde: "Vamos amigo, por América".
- Mis ojos solo ven a los rusos. Ahora imagino a Rumiñahui y su rostro, así debo enfocar, y vamos, estamos cerca ¡¡¡ánimo!!!
- Alcanzamos a los rusos en el último retorno de la vuelta, ahora ya somo solo tres: un ruso, un mexicano, un ecuatoriano, ahora estamos en igualdad.
El puente, un sinónimo de luz
- Y llego a pasar debajo del puente y días anteriores sabía que el puente me daría sombra, por lo tanto aire fresco, y le dije al entrenador...
- Si llego hasta el puente con alguien más, entonces ganará aquel que no tenga miedo a morir, y mi madre ya me dio la bendición. Ahora, hasta la muerte.
- Dios, tan generoso, juega con mi mente, y empiezo a ver como si fuera un túnel el recorrido y hay solo luz al final del túnel.
- Me siento muy atraído por la luz. Vamos más rápido, que el túnel puede cerrarse, igual que cuando vendía periódicos.
- Debo terminar antes que el sol se oculte!!! Hasta siempre, madre.Y empiezan a presentarse vacíos en mi mente, no hay recuerdos.
- No hay cálculos matemáticos, no hay fuerzas, frecuencia cardiaca: 210 pulsaciones, parece que se me va a salir el corazón.

Se ve el estadio
- El juez me indica el trayecto al estadio. Dios mío, acepta mi humilde ofrenda, no tengo oro ni espadas, tan solo mi esfuerzo.
- Ya puedo observar la puerta de ingreso al estadio, y un señor tiene una bandera, qué hermosa es mi bandera, de mi gente, ¿será que me la da?
- ¿Y si no quiere darme, y si me descalifican, y si me caigo? Decido continuar de largo. (Roberto Omar Machado luego me diría...)
- "Y veía cómo te acercabas y no sabía si darte o lanzarte la bandera, 'y si se cae y si le descalifica', entonces evité hacer ningún movimiento").
- Ya no escucho nada, la cabeza me explota, los músculos están destrozados e ingreso al túnel del estadio, todo pasa lento e imagino...
- A mi Dios extendiendo sus brazos al final del puente, pronunciando mi nombre: 'Ven nardo, ven a mí', y cuando creo voy a tomar sus brazos.

La gloria

- Escucho "aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa", un solo grito de 60.000 personas juntas.
- Qué miedo, ¿qué pasa? Tranquilo, solo es la gente recibiéndote. Y observo la línea de meta, solo faltan 60 metros y cada paso parece una eternidad.
- La linea esté cerca. Dios mío, qué hago, no no puedo más. De pronto miro a un par de personas como locos gritando: son Mario y Martha.
- Compañeros de la selección. Habían prometido ir a ver mi competencia y llegaron. Y hay otro más llorando junto a la meta.
- Es mi hermano, y yo no puedo más, cruzo la meta y mi cuerpo se desvanece.
- La paz emocional, espiritual, invade mi mente, mi cuerpo, mi corazón.
- Gracias mi Dios por aceptar mi ofrenda..Esta vez no te fallé, mi Ecuador.
- Madre mía, te amo, construiste al vendedor de periódicos en el mejor del mundo, ¡cómo necesito darte un beso madre mía!

domingo, 17 de julio de 2011

¿En qué lugar quedaste? La media maratón y el recuerdo de El Principito


Foto: Fernando Astudillo

Me la repitieron amigos, familiares, compañeros de trabajo. Corrí la media maratón de Guayaquil, la terminé, y la pregunta de cajón fue: ¿En qué lugar quedaste?

Recordé enseguida a El Principito. Ese fantástico texto, metáfora completa para entregar una lección de vida que nos dejó Antoine de Saint-Exupéry. Uno de los diálogos del héroe venido del asteroide B612 dice lo siguiente:

"A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: "¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?". Pero en cambio preguntan: "¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?".

Reflexioné y comprendí aún más la pregunta recurrente de en qué lugar había quedado. Ni siquiera me la había hecho hasta ese momento (luego supe que fui penúltimo de los que la terminamos con 2h40 minutos). Realmente lo que anhelaba era poder recorrer los 21 kilómetros. Vencerme solo a mí, que es con el único que compito.

Quería vencer a ese personaje que a veces dice no puedo. Al que a veces le cuesta levantarse para ir a correr distancias que a muchos les parecen de locos. El que siente algún dolor en sus rodillas, en su talón. Molestias que generan dudas. Derrotar a ese es lo que me importa.

Sonreí cada vez que me repitieron la pregunta. Y volví a recordar a El Principito y su frase sabia: A los mayores les gustan las cifras.

sábado, 2 de julio de 2011

La media maratón o la mitad del camino


Tomado de goodrunningshoes.net

Mañana corro la media maratón de Guayaquil. En realidad corrí ya un kilómetro más de esa distancia hace siete días, pero siempre el partido oficial será el que más adrenalina envuelve.

Es la mitad del camino. El 50% de la meta final. Pero cuando se mira hacia atrás, hay una carretera que ahora la veo gigantesca en su andadura. Son casi 300 kilómetros recorridos en dos meses. Distancia que se ha ido acumulado como memoria interna en mis piernas, pero sobre todo en mi mente. Los 5 k que antes costaban, son ahora algo relativamente fácil. Los 10 k que podían parecer eternos, ahora llegan más rápido.

Correr es un proceso de aprendizaje. De prueba y error. De batallas internas. De conocerse más a uno mismo. O de aprender trucos en la comida, como el del maravilloso spaghetti la noche anterior a una carrera larga.

Correr es a veces bajar la cabeza y observar tus zapatos en movimiento y olvidarte del mundo por un momento. Olvidarte de sus maravillas y sus desgracias, de los lamentos que luego oirás, de los problemas que resolverás. De los que no podrás resolver.

¿Correr es escapar? No lo había pensado hasta esta línea. Pero sí, ¿quién no necesita hacerlo de vez en cuando?